Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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--repuso Ana de Austria, --y qué mosca os ha pi-
cado hoy contra mí?
--¿Por ventura --continuó Felipe, --la señora de Chevreuse no está siempre dispuesta a formar una liga
contra alguien? ¿Acaso no os ha hecho recientemente una visita?
--Os expresáis de tal suerte --dijo Ana de Austria --que no parece sino que estoy oyendo a vuestro pa-
dre.
--Mi padre no podía ver a la señora de Chevreuse, y con razón --dijo Felipe. Tampoco yo puedo sufrir-
la, y si se atreve a venir, como en otro tiempo, para sembrar las disensiones y el odio so pretexto de mendi-
gar dinero...
--¿Qué? --repuso con altivez Ana de Austria provocando la tormenta.
--La expatriaré, y con ella a todos los artesanos de secretos y misterios --contestó con resolución Felipe.
El no calculó el alcance de sus terribles palabras, o tal vez se propuso ver el efecto que producían.
Ana de Austria estuvo en un tris de caerse desmayada; abrió desmesuradamente los ojos, pero por un ins-
tante dejó de ver, y tendió los brazos hacia el duque de Orleans que le dio un beso sin temor de irritar al
monarca.
--Sire --murmuró Ana de Austria, --mal, muy mal tratáis a vuestra madre.
--¿En qué os trato mal, señora? --replicó Felipe. --Solo hablo de la señora de Chevreuse. ¿O es que
preferís la señora de Chevreuse a la seguridad de mi Estado y a la mía propia? Lo que digo y afirmo es que
la señora de Chevreuse ha venido a Francia para pedir prestado dinero, y que se ha dirigido al señor fouquet
para venderle cierto secreto.
--¡Cierto secreto! --exclamó Ana de Austria.
--Relativo a un supuesto robo cometido por el superintendente, lo cual es falso. El señor Fouquet la hizo
despedir con indignación, pues prefiere la estimación del rey a toda complicidad con intrigantes. Entonces,
la señora de Chevreuse fue y vendió el secreto al señor Colbert, y como es mujer insaciable, y no le bastaba
haber arrancado cien mil escudos al intendente, picó más alto para ver si se hacía con mayores recursos...
¿Es o no es verdad lo que digo, señora?
--Todo lo sabéis, Sire --repuso la reina madre, más inquieta que irritada.
--Ya veis, pues, señora --continuó Felipe --que tengo derecho de mirar con malos ojos a esa harpíá que
viene a tramar en mi corte la deshonra de unos y la ruina de otros. Si Dios ha permitido que se cometieran
ciertos crímenes, y los ha ocultado bajo el manto de su clemencia, yo no admito que la señora de Chevreuse
tenga el poder de contrarrestar los designios de Dios.
Tanto esta última parte del discurso de Felipe turbó a la reina madre, que se compadeció de ella, y, to-
mándole la mano, se la besó con ternura; pero Ana de Austria no advirtió que en aquel beso dado a pesar de
las resistencias y los rencores del corazón, iba envuelto el perdón de ocho años de horribles padecimientos.
Felipe dejó que aquellas emociones se suavizaran, y tras un instante de silencio, dijo con cierta alegría:
--Todavía no partimos hoy; tengo un plan.
Felipe miró hacia la puerta por si veía a Herblay, cuya ausencia empezaba a inquietarlo. Y al ver que su
madre se disponía a marcharse, repuso:
--Quedaos, madre; quiero que hagáis las paces con el señor Fouquet.
--Pero si no lo quiero mal; lo único que temo son sus prodigalidades.
--Pondremos coto a ellas, y no tomaremos del superintendente más que las buenas cualidades.
--¿Qué busca Vuestra Majestad? --preguntó Enriqueta al ver que el rey miraba hacia la puerta, y deseo-
sa de dispararle una saeta al corazón, pues creyó que aquél esperaba a La Valiére o carta de ésta.
--Hermana mía --respondió Felipe, adivinando el pensamiento de la princesa, gracias a la maravillosa
perspicacia que la fortuna iba a permitirle desplegar en lo sucesivo; --hermana mía, espero a un hombre notabilísimo, a un consejero hábil si los hay, y al cual quiero presentaros a todos, recomendándolo a vuestra
indulgencia. ¡Ah! ¿sois vos, D'Artagnan? Entrad.
--¿Qué desea Vuestra Majestad? --preguntó el gascón adelantándose.
--¿Sabéis dónde está vuestro amigo el señor obispo de Vannes?
--Pero si...
--Lo estoy aguardando y no aparece. Que vayan por él.
D'Artagnan se quedó como quien ve visiones; pero reflexionando que Aramis había salido de Vaux ocul-
tamente con una comisión del rey, dedujo que éste tenía empeño en guardar secreto. Así pues, replicó:
--¿Vuestra Majestad desea absolutamente que vayan por el señor de Herblay?
--Tanto como eso no --respondió Felipe; --no tengo tal necesidad de él, pero si lo encuentran...
--He dado en el blanco --dijo entre sí D'Artagnan.
--¿Ese señor de Herblay es el obispo de Vannes? --preguntó Ana de Austria.
--¿Y es el amigo del señor Fouquet?
--Sí, señora; en sus modales fue mosquetero.


 

 
 

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